Esta semana, hablaré
sobre lo sucedido con las elecciones para consejero divisional,
específicamente en lo que respecta a la carrera de administración y
a mi candidatura.
No es mi estilo hablar
mal de los contrarios, pero algo muy turbio sucedió ese día. Faltando una hora para el cierre de las casillas, la urna
de administración se encontraba a menos de la mitad de su capacidad,
pero cuando comenzó el conteo la urna se encontraba a poco más de
la mitad. Tal vez sean solo suposiciones mías, no tengo la manera de
comprobar nada y menos cuando en vez de esperar ahí, cerca de las
casillas a que terminara la votación, decidí irme con unos amigos
de Administración, Derecho y Sociología a tomar una cerveza a la
unidad que está a un costado de la Metropolitana, por lo que llegué
tarde al conteo.
Cuando comenzó el
conteo, lo primero que note fue que la urna tenía más votos que la
última vez que la había visto, lo que llamó mi atención. Sin
embargo, no le di mucha importancia, y solamente hice un breve
comentario a un compañero que estaba conmigo. En el momento
en que se abrió la urna y salieron cerca de 20 votos consecutivos
para el otro candidato, me di cuenta de que nunca debí haberme ido
faltando solo una hora para el cierre de la votación.
Perdimos por solo ocho
votos, incluyendo ya aquellos para la otra planilla que aparecieron dentro de otras urnas. Ni modo, así es la vida; no siempre se puede
ganar, pero no me voy con las manos vacías: he aprendido una lección
sobre como se maneja la democracia en nuestro país en todos los
niveles. Ahora, solo queda esperar que el otro candidato, quien se
encuentra por cuarta vez en un cargo estudiantil, realmente haga su
trabajo y trate de mejorar las condiciones en las que se encuentra la
carrera y sobretodo nuestra universidad, la Metropolitana, que es lo
más importante.
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